Joaquín García Morato

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A los pocos días de comenzar la guerra empezó a rodar por las ciudades de la zona nacional el nombre de Joaquín García Morato. Córdoba, Sevilla, Granada… le tuvieron por un Icaro redivivo que se multiplicaba en los cielos y evitaba con su presencia el tormento de los bombardeos enemigos.

García Morato había nacido en Melilla en 1904, y desde pequeño se había sentido llamado a las empresas heroicas. No fue un niño precoz, sino travieso y alegre. Sus ojos, despiertos, se asomaban cada día al campo de la ciudad española enclavada en tierra marroquí. Quizá esta condición de fortaleza militar de su pueblo natal, o tal vez su diario contacto con los moros, decidieron su vocación. No lejos de Melilla rugía muchas tardes el cañón, y a veces la guerra «de verdad» llamaba a las puertas mismas de la ciudad. Joaquín García Morato eligió la carrera de las armas. Era ya oficial cuando realizó su primer vuelo. García Morato pasó a la Escuela de Pilotos y obtuvo su título. Una travesura, un vuelo «por su cuenta» en un «Avro» prehistórico, estuvo a punto de costarle la expulsión de la Escuela. Pero pudo salvar el escollo y un buen día se encontró destinado en la misma base de Melilla, en unos momentos en que las fuerzas rebeldes de Adb-el- Krim pugnaban por arrojar a los españoles del Protectorado. García Morato, sin temor a los impactos de los cabileños, se ejercitó entonces a lo que más tarde se llamaría el «vuelo a la española», y pasando a muy escasa altura por encima de las líneas enemigas, dejó una y otra vez su mensaje de plomo sobre las posiciones adversarias. En dos ocasiones fue derribado el entonces alférez de Aviación. Cuando la guerra de Marruecos terminó, García Morato quedó destinado a la base de hidros de Mar Chica, donde se hallaba Ramón Franco, el futuro héroe del «plus Ultra».

Aunque ya no es preciso desafiar el riesgo sobre los campos del Rif, García Morato prosigue sus temerarios vuelos. Un día tiene un grave accidente: cae entre los restos de su aparato con 32 heridas en el cuerpo, dos huesos rotos, casi ahogado…
El futuro jefe de la Escuadrilla Azul pasa al hospital de Carabanchel (Madrid). Tarda algunos meses en reponerse, pero el accidente no mella en lo más mínimo su ánimo. Un año después está de nuevo en el aire formando parte de un grupo de reconocimiento que tiene su base en el aeródromo madrileño de Getafe. Después, ya con las dos estrellas de teniente en la bocamanga, pasa a la Escuela Militar de aviación, donde, con ligeros intervalos, permanece hasta 1936.

En la Escuela, al margen de la enseñanza (que García Morato considera monótona), se especializa en vuelos sin visibilidad y acrobacias. Pronto domina todas las piruetas posibles y es nombrado profesor de combate. Como si adivinara que algún día sus conocimientos habrían de ser útiles a la Patria, aun en contra de las ideas que sobre el empleo de la caza en las guerra existían entre los técnicos, García Morato escribe un manual práctico de acrobacias, entendiendo que éstas dan al piloto «cazador» una soltura y un dominio de los nervios, imprescindibles en cualquier caso.

El 18 de julio sorprende a García Morato de vacaciones en Inglaterra. Su familia está lejos, en el seguro refugio de Gibraltar; pero el aviador no vacila, apenas puede sale para España. Poco le importa que las informaciones de prensa den por fracasado el Movimiento que acaudilla el general Franco. García Morato, hombre formado en el amor a España, no lo duda: decide ofrecer sus servicios al Gobierno nacional como aviador.

El 2 de agosto de 1936 está García Morato en Biarritz. Nadie piensa, a la vista del alegre espectáculo de la elegante playa, centro de reunión de lo más «chic» de Europa, que a pocos Kilómetros de allí acaba de encenderse la hoguera de una guerra civil. García Morato contempla todo aquello; dice adiós a sus amigos y se dirige en avión a España. Veinticuatro horas después está en el frente de Córdoba convertido en soldado de Franco.

Las primeras acciones de la Aviación Nacional

La Aviación Nacional, a la vez que se empelaba en la protección de las columnas que avanzaban por Extremadura y la Cuenca de Toledo -hacia Madrid-, tuvo una actuación sobresaliente en aquel verano de 1936 en la contraofensiva llevada a cabo para evitar que Mallorca cayera en manos de los republicanos, desembarcados en la isla. Asimismo comenzó a abastecer a los defensores del Alcázar de Toledo y a los del Santuario de la Cabeza de forma continua y eficaz. El servicio de socorro llevado a cabo principalmente por el capitán Haya (caído después en el frente de Teruel), revistió caracteres de verdadera epopeya. Al principio estos servicios se realizaban a pleno día; pero la aparición de la caza enemiga, con base en Andujar, obligó a realizar los vuelos de noche, con el natural peligro de desorientación. No obstante, los defensores del Santuario contaron con alimentos y medicinas. Y si no fue posible evitar la caída final, al menos mientras tuvieron ánimo pudieron mantenerse firmes frente al enemigo gracias a la ayuda que se les prestó.

Al llegar las tropas nacionales a las cercanías de Madrid, en los primeros días de noviembre de 1936, hicieron su aparición sobre el cielo de la capital los «Ratas» rusos, cazas veloces, que produjeron cierta sorpresa entre los pilotos nacionales. Sin embargo, bien pronto la Aviación de Franco dio dura réplica a la rival, y numerosos «Curtiss» y «Ratas» fueron derribados en las memorables jornadas de aquel decisivo invierno de 1936-37.
En una de aquellas acciones temerarias ganó García Morato la Gran Cruz Laureada de San Fernando.

La hazaña, según el relato hecho por el propio García Morato, se desarrolló así:

» Unos cuantos de nuestros aparatos de bombardeo -contó el malogrado aviador-escoltados por 21 cazas y flanqueados por mi propia escuadrilla entraron sobre territorio enemigo, sobre el cual tendríamos que reñir la batalla que había de decidir quién era el que de allí en adelante iba a tener el dominio de los cielos. Apenas habíamos llegado al campo de batalla cuando 36 cazas rojos comenzaron su ataque contra nuestros aparatos de bombardeo. Había llegado el momento de luchar: una lucha desesperada, de acuerdo; pero entonces nada nos parecía imposible. Los 21 cazas de nuestra aviación parecían dudar. Juntos con los otros dos aparatos de mi propia escuadrilla ataqué a los 36 cazas rojos, colocándonos entre nuestros aparatos de bombardeo y ellos. Era una lucha de locos: tres contra 36. Por encima y por debajo, a derecha y a izquierda, no veía otra cosa que aparatos rojos. En realidad tuve entonces el convencimiento de que aquélla era la última batalla en la que tomaba parte. El jefe de los 21 aparatos nacionales, dándose cuenta de la dificultad de mi posición y animado por el ejemplo de nuestro gesto abandonó su situación de duda y ordenó a todo el grupo que se lanzara al ataque. Entonces las cosas sucedieron con gran rapidez. Uno, dos , tres, cuatro, cinco? de los cazas rojos se estrellaron contra el suelo. Uno de nuestros camaradas cayó envuelto en llamas; tres cazas rojos más siguieron la suerte de sus compañeros. El resto se decidió por una retirada rápida. Y nuestros aparatos de bombardeo, por vez primera después de mucho tiempo, pudieron llevar a cabo su misión de atacar las posiciones enemigas que se les había encomendado. Al hacer cuentas vimos que se habían derribado ocho aparatos rojos con una sola pérdida por nuestra parte. En dos combates más, en los días siguientes, dejamos definitivamente establecido que era nuestro el control de los aires. Como resultado de la intervención de la Escuadrilla Azul en aquel combate se me concedió la Cruz Laureada de San Fernando y a los otros dos pilotos de mi unidad la Medalla Militar.»

El asalto a Bilbao y la liquidación del Frente Norte

Cuando en la primavera de 1937 se inició la campaña del Norte, que tenía como objetivo final eliminar la bolsa republicana de Vizcaya, Santander y Asturias, la Aviación se empleó decisivamente en las operaciones preliminares. Las acciones contra Durango y Guernica y contra «el cinturón de hierro» bilbaíno facilitaron notablemente el avance de las tropas de tierra. En particular, el ataque contra las fortificaciones del «cinturón», en colaboración con la Artillería nacional, fue de una contundencia rotunda. A estas alturas, ya en ambos bandos, la Aviación había adquirido tales dimensiones que podía considerarse ya más que como arma auxiliar como verdadero ejército. 

En plena ofensiva del Norte se produjeron el achuchón rojo de Brunete (julio de 1937), que no tuvo otra finalidad que paralizar el avance sobre Santander, que parecía inminente después de la caída de Bilbao. Para este ataque los republicanos prepararon un ejército de unos 30.000 hombres y 200 aviones. En los primeros días de julio la aviación marxista atacó a Talavera, Toledo, Burgos, Arévalo, Venta de Baños, Chapinería, Valdemoro, ávila, Segovia, San Rafael? Era un extraordinario despliegue de fuerzas, un derroche de aviación, destinado a desorientar al Mando nacional. Al fin, en la noche del 5 al 6 de julio, comenzó la ofensiva sobre Brunete. Las posiciones nacionales de Villanueva de la Cañada fueron envueltas y rebasadas, pero los refuerzos llegaron a tiempo y pudo contenerse la oleada republicana en los alrededores de Brunete. El grupo azul (ya no era la escuadrilla), que se hallaba en Tablada, acudió inmediatamente a la lucha con García Morato a la cabeza. El 12 de julio cayó el capitán Bermúdez de Castro (uno de los tres «mosqueteros» de la primitiva formación); pero su pérdida, lejos de desmoralizar a la unidad, infundió a todos los del grupo mayores entusiasmos. El día 18, aniversario del Alzamiento, la iniciativa había pasado a manos de las tropas de Franco. La Aviación, empleándose a fondo, barría los olivares, donde se hallaban refugiados los republicanos. El día 25 el contraataque de los nacionales ponía fin a la batalla de Brunete.

El avance sobre Santander resultó casi un paseo militar. Cincuenta mil soldados enemigos fueron hechos prisioneros. En vano los republicanos apretaron por el frente aragonés, por Belchite; la ofensiva del Norte no se detuvo. Sólo la Aviación nacional abandonó por unos días el frente cantábrico y acudió en defensa de las tropas cercadas en el sector aragonés. La Aviación republicana hizo acto de presencia sobre el cielo de Belchite, queriendo disputar el dominio del aire a los aparatos nacionales; pero tras una batalla colosal, Belchite se salvó. Durante muchos días sus valerosos defensores fueron socorridos por vía aérea gracias al temerario valor de los aviadores de Franco.

Todavía en aquel otoño de 1937, mientras se liquidaba la guerra en Asturias y Oviedo se veía libre del cerco que asfixiaba su contorno urbano, intentaron los republicanos nuevas ofensivas en el frente de Aragón. Eligieron los sectores de Jaca y Alcubierre, pero las líneas nacionales se mantuvieron firmes. De la actuación de la Aviación nacional en estos días bastará esta cita: el 12 de octubre fueron derribados en combate 33 aeroplanos republicanos.

Casi a la vez que el Frente Popular iniciaban ya en diciembre la ofensiva de Teruel, que tuvo en su fase inicial un desarrollo favorable a sus armas, se crearon las brigadas aéreas, compuestas totalmente de personal y material españoles, y que tan señalada actuación había de tener en adelante en la contraofensiva de Teruel y la marcha hacia el Mediterráneo. Porque el esfuerzo hecho por el enemigo para poder ofrecer a sus simpatizantes del exterior alguna victoria, debilitó extraordinariamente su dispositivo y abrió a las tropas de Franco el camino del mar. El 12 de marzo de 1938, en pleno avance hacia el Mediterráneo, los «cazadores» de García Morato hallaron sobre Hijar a una escuadra aérea enemiga, y, sin preocuparse de su inferioridad numérica, atacaron sin vacilar. Aquélla fue una de las más resonantes victorias de las alas de Franco.

La Aviación en la Batalla del Ebro

En el verano de 1938, cuando las tropas nacionales se acercaban a Valencia y la caída de la ciudad del Turia parecía inminente, los republicanos realizaron la más ambiciosa acción concebida por su alto Mando. Pensando que la línea del Ebro no estaría suficientemente guardada, por la lógica confianza que como trinchera natural ofrece un río, montaron una gran ofensiva, cruzando su curso en diversos puntos. En un principio lograron penetrar profundamente en el dispositivo nacional y acercarse a Gandesa; pero la llegada de refuerzos detuvo la marcha de las columnas del Frente Nacional que ya se crecían a las puertas de Zaragoza. A los quince días del cruce del Ebro (el paso del río se había realizado ala noche del 24 de julio), la línea nacional ofrecía una sólida continuidad, mientras la Aviación nacional atacaba sin cesar los puentes improvisados sobre el río. El Mando nacional comprendió que en el arco del Ebro iba a reñirse una formidable batalla de desgaste, que podía significar el total agotamiento del enemigo, y renunciando a una acción brillante y espectacular, como hubiera sido la expulsión del enemigo, le obligó a luchar? En efecto, durante cuatro meses en aquel sector gastaron los republicanos sus mejores tropas y perdieron más de dos centenares de aviones. La batalla por el dominio del aire fue durísima. Hubo días, como el 2 de septiembre, en que fueron abatidos 16 aviones del Frente Popular. En total, la Aviación republicana perdió en esos cuatro meses 240 aparatos derribados copn toda seguridad, mientras 94 figuraron en los partes como probables. De hecho la Aviación republicana acabó en el Ebro su historia.

El 23 de diciembre de 1938 se inició el asalto a las líneas republicanas de Cataluña en una ofensiva que no se detuvo hasta que las tropas alcanzaron la bahía de Rosas. Al comenzar el ataque los republicanos disponían de 220.000 hombres, 250 piezas de artillería, 40 tanques, 80 aviones de caza y 26 de bombardeo? Todo ello se perdió o se abandonó en un mes. La Aviación nacional, atacando en cadena al ejército republicano en huída, colaboró con las fuerzas de tierra en el victorioso avance, a la vez que castigaba duramente el puerto de Barcelona con bombardeos constantes para impedir la llegada de refuerzos.

La última gran victoria del ya laureado comandante García Morato fue conseguida el 19 de enero de 1939 en Igualada. Ese día dos «Curtiss» le salieron al paso, y uno de ellos fue abatido. Con éste sumaron 40 los aparatos enemigos derribados por el genial cazador.

Liquidada la ofensiva de Cataluña y el coletazo desesperado de los republicanos en el sector de Peñarroya (en los primeros días de enero de 1939), Franco dispuso la ofensiva final. Seiscientos mil hombres fueron preparados para el postrero asalto. El día 26 de marzo fue roto el frente en el sector de Peñarroya-Espiel (Córdoba). En tres días se desmoronó la resistencia republicana. El día 28, Madrid era ocupado sin disparara un tiro. El 1º de abril Franco firmaba el último parte bélico: «La guerra ha terminado», proclamaba el histórico texto.

El 4 de abril de 1939, volando sobre Griñon en su «Fiat 3-51», su compañero inseparable de toda la guerra, García Morato, se estrelló con su avión al ir a tomar tierra. Fue un accidente estúpido? en él perdió la vida el mejor y más completo de los pilotos españoles y uno de los más preclaros hijos de España.

Págs. 21-25 de ¡Vista, Suerte y al Toro! Temas Españoles (1). Edita Publicaciones Españolas. Madrid, 1952.

 

 

 

 

 

 

Sepelio en Málaga

Como hemos explicado, tan solo habían pasado tres días desde el fin de la guerra civil cuando el 4 de abril de 1939 moría en accidente aéreo mientras acometía una exhibición en el aeródromo de Griñón, cercano a Madrid, con su Fiat CR 32-51, el as de la aviación española el Comandante García Morato.

Por expreso deseo de la familia se preparó su sepelio para que fuese enterrado en el malagueño cementerio de San Miguel, si bien el seis de abril de 1971 fueron trasladados sus restos a la capilla de Ntra. Sra. de la Misericordia ubicada en la Parroquia del Carmen en la ciudad de Málaga, acompañando a los Sagrados Titulares de esta Cofradía de la que El Ejército del Aire es Hermano Mayor Honorario. 

No ha conocido Málaga en el siglo XX un entierro más multitudinario que el se desarrolló por García Morato el seis de abril de 1939. La comitiva salió a las doce y media de la mañana desde el Ayuntamiento atravesando entre multitudes diversas calles malagueñas hasta llegar a la plaza de la Merced, lugar donde se despidió oficialmente al duelo. Al mismo acudió hasta el general Millán Astray acompañado de la cúpula militar española. 

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